Ya se que hace años que no escribo... He estado bastante ocupado, pero me he dado el tiempo de postear 'esto que me pareci'o simpatiqu'isimo.
Saludos garnacheros!
Zax

Crónicas Neuróticas
La fritanga y sus peligros
Por: Rafael Pérez Gay
Fuente: El Universal Online, 15 de agosto de 2005
Llamé a rebato la mañana en que el puesto callejero de comida apareció de la nada a una calle de la casa. Es un hecho, la zona se ha redensificado, como dicen los funcionarios del Gobierno del Distrito Federal. Esto quiere decir que los lavacoches, los franeleros, los valets parking, los estibadores y los choferes de las Mundanzas Chapultepec con los cuales compartimos la vida ya tienen un restorán en donde comer a sus horas; no está mal, las malpasadas no traen nada bueno. Les recuerdo que vivo en la Condesa y no en un campamento de migrantes. La cocinera instaló el puesto con eficiencia insuperable: un toldo de plástico amarrado con mecates a un poste de energía eléctrica, un cubo sobre ruedas, un pequeño tanque de gas muy seguro, una estufa, una cubeta con hielos para enfriar las gaseosas, bancos para los comensales y comida rica en grasas saturadas. Si un grupo de ingenieros genéticos analizara el aceite en que se fríen las quesadillas, le revelaría a la nación cosas mucho más interesantes sobre el alma del mexicano que una biblioteca de historiadores.
Cuando di la noticia en casa atravesé una tempestad de rayos sicóticos. No había tanta agitación cotidiana desde el día en que cayeron desde lo alto, en la azotehuela, 20 cucarachas vivas tipo langostino. La situación es dantesca, la decadencia empezó, me escuché decir mientras diseñábamos una dramática contraofensiva sostenida en recursos jurídicos que desde luego ignoramos. Soflamas contra la ilegalidad, gritos histéricos, discursos llamando a la serenidad. El puesto sigue en su lugar y ha cosechado un éxito que envidiaría el Consejo Mexicano de Hombres de Negocios, repleto a todas horas. El esplendor de la filosofía del changarro. Por cierto, los mexicanos desayunan tlacoyos.
Si estiro el cuello puedo verlos desde la ventana y oler la fragancia del nixtamal, la salsa y el frijol. La cocinera trabó amistad con los lavacoches. Sospecho corrientes eróticas, hay un paso entre el amor y la sociedad mercantil. La fusión de la baja cocina mexicana (si hay alta por qué no baja) y el lavado de coches convertiría a estos campeones de la economía informal en un poder fáctico difícil de vencer en la zona. La sospecha se desprendió de una imprudencia garrafal. Un mediodía nublado me derrotó la tentación. Frente al cubo con ruedas estábamos dos lavacoches, un perro, un mudancero, un patrullero y yo. El sol que traspasaba el plástico azul nos otorgaba el color inconfundible de los alienígenas. Ellos habían elegido el óvalo indomable del huarache verde. Intuí que el romance iba en serio cuando la cocinera le dijo al lavacoches: qué bonito su perrito. El perro de los lavacoches es un monstruo producto de un experimento genético. Por mi parte seguí el camino circular del sope rojo. Dos con queso y crema. De pronto me di cuenta que cometía el acto más clandestino de los últimos meses. Mi secreto mayor eran los chilaquiles caseros La Sierra, siempre verdes, los de mole no son recomendables. Me prometí que nadie se enteraría de mi debilidad callejera por el sope rojo. ¿Escribiste la carta a la Delegación? Ya la mandé, mentí. Si me da la salmonelosis diré que la ensalada de ayer me cayó como bomba.
En honor a la verdad, este puesto de comida cumple con todas las de la ley. Las fritangas navegan en un mar tormentoso de grasas quemadas, la masa adquiere tonalidades grises en las manos de la cocinera, el queso, la papa, el frijol, el chicharrón y la flor de calabaza nunca han sido tocados por la mano del hombre o de la mujer, insospechables de tifoidea. Con estos ingredientes se logran al menos tres de los grandes inventos mexicanos: el huarache, el tlacoyo y el sope. Si el Imperio Romano los hubiera conocido, no cae. Cuando liquidé el segundo sope, me limpié la boca con una servilleta de papel estraza, me persigné y me hundí en el pantano de la culpa por las calorías. Mientras caminaba sentí un escalofrío, los triglicéridos, el colesterol y los lípidos subían como la marea nocturna atraída por la luna.
Días después, mientras caminaba por la calle de Revolución, muy cerca del edificio Ermita que construyó el arquitecto Juan Segura en 1930, una revelación del futuro cayó con toda la fuerza del pesimismo: una fila interminable de puestos de comida callejera se había adueñado de la banqueta. De los olores mejor no hablemos. Así será, pensé melancólico, no hay remedio. Ya no se puede vivir en estas calles, sentenciaron en casa. Estuve de acuerdo. De verdad estoy en peligro, he subido tres kilos.



